Estar en Valledupar hace que vengan a mí recuerdos de mi bella isla y quiero aprovechar la oportunidad para postearles una pequeña prosa que le dediqué a Cuba hace algunos meses:
Mulata noche de rocío persistente. Frío consecuente con el sentimiento de mi alma, añoranzas de un ayer casi tan selvático como mis recuerdos. Llega a mí, inspiración, procedente de antillanas tierras protagonista de mis más lindos recuerdos. El olor a tabaco prodigioso y el sabor del ron insuperable, derivado de la caña de azúcar plantada en mi bello caimán, son los elementos que aunque ahora solo los imagino son la mecha persistente de palabras de amor a la tierra donde fueron expedidos.
Nunca pensé siquiera la posibilidad de un dolor placentero, pero a la vez que escucho un bolero el masoquismo es inminente ante la visualización ante mí de la alameda santiaguera, el bulevar santaclareño, las palmas baracoesas o el obligadamente mencionado por su belleza: malecón habanero. Prosa justificada, delirante, autóctona de mi agradecimiento por la hospitalidad de un pueblo luchador y alegre, persistente, necio y vencedor natural. ¿Cómo justifico este sentimiento? ¿Cómo mi sangre maya justifica amor al caribe? Las justificaciones son de culpables y ciertamente lo soy, por esa razón la explicación es una obligación: Lo justifica noches de tristezas foráneas al cobijo del calor humano de personas inhóspitas y extrañas pero benévolas e irremediablemente queridas. Seres culpables de mi embriagante tristeza y añoranza de tierras que aunque no me vieron nacer me reclaman. “¿Cómo fue? No sé decirte como fue”… escucho al Benny mientras me transporto de nuevo a épocas que aunque no volverán no se han ido porque las llevo presas en mi corazón. Este breve desahogo era obligatorio para liberar en parte mi impaciencia, la impaciencia de poder estar allá de nuevo, volando en los placeres de quien dijo alguna vez que nunca fueron más lindas las costas extranjeras como cuando uno vuelve a la patria.








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